El debate fue un partido a la italiana

Imagínense un campo de fútbol cuadrado con una portería en cada lado. En cada una de ellas, uno de los candidatos a gobernar España después de las elecciones del 26J. Cuatro contendientes con un objetivo, con una estrategia de comunicación política que con mayor o menor acierto trasladaron al campo de juego. Y se notó, como no podía se de otra manera, la experiencia de los debates de diciembre.

Si hablamos del escenario, nos encontramos con un exceso de árbitros (para que luego digamos del ‘árbitro de portería’ de la Eurocopa), una realización que no alcanza un nivel ‘top’ –parafraseando a Mourinho- y un primer mensaje oculto tras la elección de las equipaciones.

En el caso de Mariano Rajoy, su estrategia de juego fue clara. Recordó continuamente que él ya es Balón de Oro mientras el resto de los aspirantes está aprendiendo, y que en momentos como éstos la seguridad, la figura paterna que si no brilla al menos no la ‘caga’ es lo más recomendable. Jugó a tocar el balón, un tiqui-taca sin profundidad, pero que, en general, cerraba todos los huecos y apuntaba siempre hacia la portería de Pablo Iglesias, como si Pedro Sánchez no fuese más que un banderín del terreno de juego. Un poco teatrero, le gustó presumir de que todas eran jugadas de 3 contra 1, aunque no siempre fue así. Al hablar de corrupción optó por el juego subterráneo, pero con poca fortuna, comparando un posible pago en negro de Rivera cuando tenía 20 años con los casos de corrupción de su partido. Disparó a puerta y le salió de banda.

Si hablamos de Pedro Sánchez, fue un poco ese jugador cansino que da igual el pase que le des, que siempre repite la misma jugada. Sólo tuvo dos variantes: en la primera parte, incluso se giró para encarar a Rajoy en busca de su ansiado ‘face to face’, pero en ningún momento creó peligro. En la segunda parte cambió el juego y repitió pase una y otra vez: “No soy presidente porque el señor Pablo Iglesias no me ha dejado”. Hablemos de pensiones: “No soy presidente porque el señor Pablo Iglesias no me ha dejado”. Hablemos de violencia de género: “No soy presidente porque el señor Pablo Iglesias no me ha dejado”. Cansino, cansino, le faltó creatividad en el juego y se quedó en el vacío más absoluto, como el niño con el que nadie quiere jugar.

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Pablo Iglesias lo tenía claro. Saltó desde el primer minuto a jugar sólo con Rajoy, como si el campo fuese de ellos. “El balón es mío y juego con quien quiero”, parecía decir. Sus susurros “Pedro, yo no soy el rival” no convencían a Sánchez pero al final no pudo evitar que los ataques por la banda del PSOE le distrajese en ocasiones de su objetivo, que no era otro que la portería de Rajoy. Buscó la filigrana de la emotividad y trató de transmitir que el suyo también es un juego que da seguridad, de pase corto y al pie, una suerte de socialdemocracia que no debe asustar a nadie.

El papel más difícil era a priori el de Albert Rivera. Con su pacto de ‘no agresión’ con Sánchez, era ese centrocampista de equipo malo que veía volar el balón sin tocarlo entre Iglesias y Rajoy. Pero tuvo empaque, se repuso y fue el único capaz de encerrar un rato en su área a Rajoy al hablar de corrupción. Y eso que no aplicó nuevas estrategias a balón parado, sino que simplemente recurrió al balón a la olla de los ya conocidos mensajes a Bárcenas y otros casos similares. Con eso le bastó para recuperar la posesión del balón que había perdido.

¿Y qué decir del minuto de oro? Todos recordaron el penalti de Panenka que se lanzó Iglesias en diciembre, y optaron por copiar esa técnica que al de Podemos le había dado tan buen resultado: apelar al corazón y a las emociones dejando a un lado las cifras y las peticiones descaradas de voto (menos el PSOE).

Al final, partido soso, a la italiana, sin escándalos arbitrales, sin estrellas ni jugones. Un encuentro gris en el buscaron afianzar más que arrebatar y en el que quedó claro que seguimos sin poder asegurar que tras las elecciones no tengamos que acudir a un nuevo partido de desempate. Aunque para entonces a lo mejor se encuentran con que el público ha abandonado el estadio.

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